
Total, que después de haber probado tres o cuatro posturitas para remojar cada centímetro de mi exiguo cuerpo –exiguo al menos a lo largo...–, suena el teléfono. Y yo con estos pelos. Y con esta espuma. Menos mal que, como soy adicta a mirar el móvil cada cinco o seis minutos, no vaya a ser que me llame el hombre de mi vida y yo tenga que pedir hora para hacerme la cera, que no es cuestión de acudir cual osa a la cita con el destino –ja, ja... [risita sarcástica, por si no se ha notado]–, lo he dejado cerquita, justo encima de la alfombrilla. Y suena. Suena y suena. Porque está cerca, pero tengo los brazos cortos –sí, al menos soy proporcionada... todas las extremidades de mi cuerpo lucen su escasez dos a dos, por semejanza y compasión– y no me basta con hacer un pequeño estiramiento para atender al ring ring. Qué va. Tengo que hacer un numerito de contorsionismo, que se complica porque no se me ha ocurrido otra cosa más que echar aceitito en el baño y claro, la cosa resbala, y cuanto más me quiero incorporar, menos me incorporo, y no dejo de echar agua fuera de la bañera, con lo limpita que es una, oyes, que voy a tener que darle a la fregona antes incluso de embadurnarme de cremas, la madre que me trajo... Y el móvil suena... y, cuando creo que ya van a colgar, mi brazo al fin se estira un poco más y, con la oreja llenita de espuma, contesto. Sin mirar ni quién me llama.
–Hola.
No es el hombre de mi vida. Por si alguien tenía dudas.
–Hola.
–Qué tal.
–Bien.
–¿Te pillo liada?
–No.
No. Es mejor decir que no. Porque, en realidad, más que liada, me pilla embarullada, con las piernas enroscadas sobre sí mismas, los botes de gel flotando en el agua y la espuma recorriendo a sus anchas el suelo del baño. Y la toalla que había preparado para apoyar la cabeza, nadando, empapaíta en agua y aceite. Una debacle, vamos.
–Estás seria.
Joder. Si sólo he dicho tres palabras. No ha habido sílabas suficientes como para articular una bordería. Siempre igual. "Estás seria". "No hablas". "No dices nada". Pues si quieres que te hablen, cómprate un loro.
–¿Seria?
–Sí.
–No –va, una clase de gramática–. No estoy seria. Ya sabes que soy seria.
–Ah. ¿Dónde estás?
En el Caribe, abanicándome mientras me tuesto al solecito, degustando un mojito la mar de sugerente, no te jode...
–En casa.
–Yo también.
–Pues qué bien.
–Estoy cansado.
–Estás mayor.
–Eres mala.
–No. Soy sincera.
Soy sincera y tengo mala hostia. Y me has jodido el baño p'a ná. Así que ahora vas a joderte tú.
–Podíamos quedar un día de estos.
–Pues sí. Podíamos.
–¿Quieres quedar?
–Ahora no.
–No, ahora no. Un día de estos.
–Pues no sé lo que voy a querer un día de estos. Al menos no sé si entre lo que voy a querer está quedar contigo.
–Bueno, te llamaré.
–Vale.
–Ciao.
–Adiós.
Menos mal que no va a llamar. A no ser que sea para joderme otro baño. Porque ni él quiere hacerse el caballero conmigo ni yo tengo estómago suficiente como para ser su princesa-florero. Total, lleva casi un año diciendo que no le llamo. Y yo contestándole que no tengo ningún motivo para llamar. Que, si quiere, llame él. Y él, que llamará. Y luego, si te lo he dicho, no me acuerdo. Así hasta la próxima vez que se aburra y, como ya no tiene fuerzas ni para coger el mando a distancia, le dé por hacer un barrido a la agenda del móvil.
Ay, Señor, ¿por qué lo llaman "interés" cuando quieren decir "aburrimiento"?
Foto: fotograma de Pretty Woman.